No importa el baile, mientras bailemos junt@s

“Hoy E. viene con ganas de “bailar” lento, sin florituras, sólo mecerse. Sus pies no coordinan ritmos complicados, apenas se despegan del suelo.”
La relación terapéutica es como un baile en el que sincronizar y dar coherencia a los ritmos conjuntos, marca la diferencia…

E. y yo entramos juntas a la sesión, dispuestas a reconocer dónde estamos ese día. Yo llevo mis objetivos terapéuticos, ella sus necesidades. Muchas veces coinciden, pero no siempre es así, y las expectativas chocan. Nos tanteamos, nos miramos y empieza “el baile”. Al principio es un baile torpe e incluso desacompasado, son los primeros minutos. Respiro, sé que es natural, necesitamos encontrarnos en la misma frecuencia.

Las 3 sesiones anteriores habíamos desplegado capacidades motoras, cognitivas y de comunicación elaboradas.  Siguiendo el símil, es como si hubiéramos podido hacer giros, piruetas y seguir sin perder el compás diferentes ritmos. Y lo compartimos, lo disfrutamos y nos encontramos en el placer de resolver nuevos retos.

Pero hoy…, hoy no es ningún otro día. Hoy E. viene con ganas de “bailar” lento, sin florituras, sólo mecerse. Sus pies no coordinan ritmos complicados, apenas se despegan del suelo. Le cuesta mantener la atención mucho rato, comunicarse de forma fluida, sostener la mirada. Y vuelve a juegos seguros y conocidos, donde el éxito está garantizado y el reto no tiene cabida.

Esos días existen para todos. A veces descubro qué ha pasado en la semana, otras veces no. Y es que no siempre pasa algo concreto, a veces son la suma de muchas pequeñas cosas. A veces es necesario saberlo, pero muchas veces no.

E., por el motivo que sea, esa semana se ha sentido fuera de su zona de confort en muchas pequeñas ocasiones y lo que necesita es un respiro. Necesita ser reconocida, aceptada, acompañada. Necesita saber que la relación terapéutica también es un espacio donde descansar y sentirse segura.

Esos días, días como hoy, el reto es para mí. Recojo mis expectativas para que no choquen y me dejo llevar por su “baile”. Lento, sin florituras, acepto el regalo de mecernos juntas, casi sin levantar los pies. Y cuando acabamos nuestras miradas se encuentran, la sonrisa al principio tímida acaba estallando en carcajada. No hacen falta más explicaciones. Las dos sabemos que lo que acaba de ocurrir, a nivel personal y terapéutico, supera con creces cualquiera de los objetivos que me hubiera propuesto.